El peligro del “desubique”: Cuando los cristianos ejercen una función pública
Por: Fabio Serrats | Viernes 26 de Marzo de 2015

Mientras hacía unas compras en un supermercado de la ciudad, una señora muy querida, me externó su preocupación de ver como en la gran mayoría de los actos públicos auspiciados por nuestras autoridades, sobretodo edilicias, pervive la sensación de que en lugar de una actividad cultural, social, abierta y plural para la colectividad, se está en una que parece propiamente exclusiva de una “célula” o iglesia especifica o particular. Le comenté a esta persona, que particularmente tenía esa misma apreciación desde hace un tiempo a esta parte, no por el hecho de que algunas de nuestras autoridades profesen la fe evangélica o no católica, sino porque a mi entender, quienes apelan a este recurso, no han aprendido a ubicarse en tiempo y espacio para sus funciones propiamente dichas y por las que los votos de la ciudadanía -incluyendo el mío- les dimos para que en nombre nuestro ejerzan una labor pública, por y a favor de todos.

Pongo por ejemplo al señor Procurador de la Republica, el licenciado Francisco Domínguez Brito. Este señor proviene de una familia muy católica, no de nombre sino practicante y profesante. Tanto él como sus hermanos han sido y son cristianos católicos de convicción, de escritos y de hechos. Sin embargo, cuando el señor Procurador habla como tal, no lo hace con “aleluyeos” y alabanzas fuera de foco, lo hace como debe hacerlo por el cargo que ostenta como Procurador de la República. Imagino que si lo invitan a alguna parroquia, entonces utilizará el lenguaje propicio para este tipo de audiencias.

También pongo el ejemplo de la Primera Dama, la señora Cándida Montilla de Medina, una mujer de una fe católica incuestionable y que luego de ocupar su posición como Primera Dama, no se la puede acusar de emitir un discurso cargado u orientado a una fe exclusiva, en este caso católica, sino que habla y actúa en función de lo que es por ser esposa del primer mandatario de la nación. De igual modo, también podremos encontrar cientos de ejemplos de personas que son funcionarios estatales y militan la fe cristiana católica y no católica y no se les oye hablar en actos públicos como si estuvieran parados en el púlpito de sus iglesias, lo cual no les resta ni les hará ser peores cristianos o cristianas que aquellos que tengan el tiempo completo para esas actividades.

No es que haya que “desdoblarse” o “partir” cada camino o estilo de vida. La fe se demuestra por las obras (Santiago 2, 14), no por el mucho hablar. Para cada situación, el mismo libro de Eclesiastés nos invita a reflexionar que “hay tiempo para cada cosa” (Eclesiastés 3, 1-8). Usted no dejará de ser cristiano(a) por hacer ejercicios, compartir con amigos o hacer su trabajo. La mejor manera de que otros emulen su fe es siendo y haciendo, no “diciendo”.

Todos vemos con buenos ojos que se invite a una persona (sacerdote, pastor, laico, etc.), del credo que sea, para externar unas palabras pidiendo la bendición de Dios o dedicando un determinado evento civil bajo su cobertura y que después de esto, se proceda entonces a lo demás, a lo que por regla está establecido para dicha ocasión. Pero se siente de muy mal gusto, que cada evento cultural, social, deportivo, etc., que nuestras autoridades presidan, se convierta de repente en un escenario propio y típico de cualquier templo religioso, lo cual en lugar de generar simpatías en la mayoría, lo que más puede denotar es falta de discurso de quien emite estos recursos, o simples muletillas para salvar el desconocimiento de los temas a tratar.

Todo funcionario público, que en su vida particular asista, pertenezca o milite de forma activa en cualquier congregación religiosa, debe tener en cuenta que al momento de ejercer sus oficios como representante público, la comunidad está esperando de ellos las orientaciones, explicaciones y direcciones pertinentes al marco y cargo que ostenta, aunque también es y será válido que reconozcan como hombres y mujeres de fe, que la Divinidad les acompaña y dirige en sus encomiendas como servidores.

Sé que este escrito generará sus ronchas en algunos, pero he tratado de plasmar una inquietud, que como la propia y la de esta señora, seguro que valdrá por la de muchos y está hecha con toda objetividad y a vuelo de águila. Soy un convencido a carta cabal de que se debe respetar la pluralidad poblacional -no todos profesamos la misma fe, y otros, simplemente no creen en nada- aunque veré siempre con buenos ojos que se saque el tiempo propicio y especial en cada acto que así se considere para pedir la bendición de Dios, amén de las doctrinas, prácticas y ritos que nos puedan separar indistintamente, pero que en el marco del respeto entendamos el propósito de cada acto generado, en estos casos, para el bien de todos.

Ojalá que estas palabras no caigan en terreno baldío y que realmente nuestras autoridades, a las que hemos elegido con el voto de todos, con credos y sin credos, asuman sus funciones y hablen como tales cuando ejerzan éstas en público y que en los eventos eclesiales, a los que asisten o presiden o pertenecen, entonces los maticen como deben de hacerlo, mostrando al mundo que se puede llevar una vida cristiana militante y también política partidista, así como una función pública noble en beneficio de la colectividad. Que Dios bendiga a nuestras autoridades y que juntos propugnemos por los mejores intereses para nuestro querido pueblo de San Pedro de Macorís.
 

       

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