La poesía dominicana de Posguerra a 50 años de la gesta
Por: Simeón Arredondo | Martes 12 de Mayo de 2015

Todo acontecimiento importante en cualquier conglomerado humano que impacte lo social, lo político, lo económico, lo cultural, genera a su vez notables cambios estructurales en cada uno de esos y otros aspectos.

Las guerras son fenómenos que dejan siempre grandes secuelas de sucesos y situaciones dignos de análisis. Con frecuencia ocurre que dividen en un antes y un después la cronología del tema que se trate. De manera particular, en el campo de las letras tenemos buenos paradigmas. La literatura española, por ejemplo, no es la misma antes de la guerra civil (1936-1939) que la que le sucede a esa epopeya. A partir de la guerra surgen una nueva temática, nuevos estilos y conceptos diferentes en el enfoque literario, por lo que los escritores que protagonizan esas nuevas concepciones constituyen una generación: La Generación de Posguerra.

Para el caso dominicano también tenemos una Generación de Posguerra. Pero ésta se refiere a ese grupo de escritores que descolló en el mundo de las letras a partir de la gesta de abril del año 1965, de la cual se están conmemorando 50 años, y cuya historia es ampliamente conocida por algunos sectores de la sociedad. Sin embargo, considero oportuno introducir con un breve recuento de ese hecho histórico en aras de establecer la génesis de la generación literaria objeto de este análisis.

Durante 31 años (1930-1961) la República Dominicana fue gobernada por el dictador Rafael Leonidas Trujillo, a quien no le temblaba el pulso para despellejar viva a cualquier persona que osara oponerse mínimamente a cualquiera de sus ideas, de sus caprichos o de sus disposiciones. Fueron 3 decenios caracterizados por torturas impiadosas y los más aterradores crímenes que conociera la sociedad quisqueyana. Cientos de dominicanos fueron a parar al exilio, mientras que otros tantos desaparecieron o aparecieron en cualquier lugar “con la boca llena de hormigas”. En tanto que el resto de los ciudadanos, los que no se ponían de su lado, ni emigraban o no enfrentaban al régimen hasta desaparecer, o al menos no se les descubría, vivían postrados ante el sátrapa siendo objeto de las más indignantes humillaciones.

Felizmente para el pueblo dominicano esa tiranía concluyó la noche del 30 de mayo de 1961 con el ajusticiamiento de Trujillo por un puñado de envalentonados hombres, dando inicio a un nuevo capítulo en la historia del país. Tras el hecho se realizan elecciones libres, las que gana el Profesor Juan Bosch por un amplio margen. Pero a los 7 meses de ser instalado, su gobierno es víctima de un golpe de Estado (25 de septiembre de 1963) consumado por sectores ultra derechistas que no se identificaban con las ejecutorias de la nueva administración, cuya línea era la concientización, la educación y el empoderamiento de las masas de servicio y oportunidades que algunos entendían debían estar reservadas sólo para unos cuantos. De modo que los habitantes de la media isla tuvieron que ver cómo se desplomaba la “felicidad” que se inauguró 2 años atrás.

Los 2 años siguientes fueron de gran incertidumbre y desasosiego para el país. Numerosos hechos negativos se suscitaron como consecuencia del golpe de Estado, y finalmente dieron al traste con el estallido bélico del 24 de abril del año 1965. Esa contienda dividió a los dominicanos, militares y civiles, entre los que abogaban por el retorno a la constitución de 1963 y el restablecimiento de Juan Bosch al frente del gobierno, y los que preferían una opción opuesta a esas ideas; y con la intervención norteamericana dio otro giro, tomando otros matices los combates así como el resultado final de la contienda.

Como era de esperarse ante un conflicto armado de esa naturaleza, y conscientes de que “no sólo con el fusil se va a la guerra”, los poetas de la época prestaron su voz para que el mundo conociera por medio de sus inspiraciones la desdicha de un pueblo que hecho tras hecho veía caer su porvenir herido de muerte a los pies del fantasma de maquinaciones perversas. Entre ellos incluidos bardos de generaciones anteriores como Pedro Mir y otros, pero de manera muy especial los poetas jóvenes de entonces, que precisamente habían nacido y crecido bajo la tiranía, encuentran en este acontecimiento social un motor impulsor y a la vez una válvula de escape que dejan fluir todo su talento creativo con el fervor del espíritu y del instinto patriótico que para esos días se manifestó en las calles de Santo Domingo y en otros puntos del país.

Esos poetas jóvenes de edad y jóvenes en el oficio, que fueron testigos de la guerra, algunos de ellos involucrados en acciones de la gesta, y que durante los 10 años siguientes asumieron un discurso solidario pero al mismo tiempo vanguardista ante la indignación y la impotencia que generó en la ciudadanía el revés de lo que pudo haber sido una gran conquista social y política para la nación tras el sacrificio de la guerra, son los que conforman la Generación de Posguerra en la historia de la poesía dominicana.

A esos cantores de la solidaridad y de la esperanza también se les calificó como los integrantes de “la joven poesía”, debido a que para la época eran vistos por algunos como un relevo, y como un refuerzo para los poetas ya establecidos, por otros.

Algunos escritores los sitúan dentro de la Generación de 1960, mientras que otros intentan desligarlos. Fernando Cabrera citando a Miguel Collado establece que "los poetas que emergen en esta década conformaron una generación que debe ser entendida como la fusión de dos promociones literarias, la surgida antes de 1965 y la de posguerra”. Mientras que para Federico Jovine Bermúdez “la separación existente entre la Generación del 60 y el grupo o la Generación de Posguerra es una ficción porque ninguna de ella puede ser evaluada separada de la otra”.

Entre los nombres más sonoros de los poetas de la Posguerra, se destacan Mateo Morrison, Federico Jovine Bermúdez, Tony Raful, Andrés L. Mateo, Jeannette Miller, René del Risco Bermúdez, Alexis Gómez Rosa, Nolberto James y Antonio Lockward. Así mismo figuran Pedro Caro, Juan José Ayuso, Grey Coiscou, Aquiles Azar, Héctor Díaz Polanco, Enrique Eusebio, Enriquillo Sánchez, Miguel Alfonseca, Luis Manuel Ledesma, Miguel Perdomo, Rafael García Bidó, Franklin Gutiérrez, Soledad Álvarez, Radhames Reyes Vásquez y Apolinar Nuñez. Esos jóvenes convencidos de que el poeta es un vocero del amor, de la belleza y de la ternura, pero también del dolor, de la angustia y de la solidaridad, empuñaron sus plumas para tras el humo y las cicatrices dejados por las balas plasmar artísticamente palabras que convertidas en versos han expresado desde entonces los sentimientos de un pueblo que cada día se levanta buscando por la ventana la luz que le inspira a labrar con sus propias manos la vía férrea para la locomotora que ha de conducirlo hacia un porvenir distinto a la vocinglería cotidiana.

Esos creadores asumieron con responsabilidad su rol, y como señala Fernando Cabrera, “optaron por una poesía ideológicamente comprometida a favor de las masas desposeídas y contra el imperialismo norteamericana”, que era lo que el momento histórico demandaba. Pusieron al servicio de la sociedad su voz, su canto, su tinta, su arte, su talento. Concluida la guerra, se organizaron en una serie de grupos que usaron como trincheras literarias para socializar sus ideas, difundir sus producciones, publicar sus escritos, en fin, mantener vivo el canto de la esperanza que la patria requería. Los grupos literarios más influyentes que se organizaron a la sazón fueron El Puño, La Isla, La Máscara y La Antorcha. La mayoría de ellos se desintegró antes de concluido el segundo lustro de la década. Luego, a principios de los setenta, surge el Bloque de Jóvenes Escritores, como un intento por reagrupar a la promoción, que “se constituyó en el núcleo principal de lo que luego se llamaría La Joven Poesía Dominicana”.

En lo adelante cada uno de los integrantes de la Generación de Posguerra iría descubriendo y forjando su propia voz poética. Y así como ellos se nutrieron de sus antecesores (Los Independientes del 40, La Poesía Sorprendida, La Generación del 48), también sirvieron de inspiración a la generación siguiente, la de los Ochenta (José Mármol, Adrián Javier, Plinio Chaín, Rafael Hilario Medina, César Zapata, y otros). Hoy, cinco décadas después de la gesta patriótica de 1965, tenemos a un conjunto de connotados escritores cuyo punto de partida fue, si no por el hecho mismo, al menos por la época, ese episodio de la historia dominicana, independientemente de la temática de su poesía en el devenir del tiempo. Verbigracia los Premios Nacionales de Literatura Jeannette Miller, Tony Raful, Mateo Morrison, y Andrés L. Mateo. Y poetas de la valía Alexis Gómez Rosa, Federico Jovine Bermúdez, Nolberto James, Juan José Ayuso, Franklin Gutiérrez, así como los fallecidos Miguel Alfonseca, Enriquillo Sánchez y René del Risco Bermúdez. Este último vate, de no morir tan joven estuviera ocupando lugares cimeros en la literatura americana.

Es innegable que la poesía de posguerra marcó una época importante en la historia de la literatura dominicana, como también es innegable que la mayoría de sus representantes se han convertido en grandes exponentes de las letras en la patria de Pedro Mir, de Juan Bosch y de Pedro Henríquez Ureña, donde hoy no sólo es apreciable la particularidad de sus textos actuales, sino que los producidos entonces, mantienen una vigencia incuestionable a 50 años de la Revolución de Abril, lo que certifica su calidad.

Como muestra concluyo con un fragmento del poema “Ritual Onírico de la Ciudad y otras memorias” de Tony Raful, digno representante de la Generación de Posguerra que el pasado año fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura.

…nadie borre estas líneas
Góndolas que navegan en sus entornos.

Nadie puede abolir el sueño
Si la ciudad cine en armonía sus huestes
El ardiente mandato
Que profética hace mi lengua.
El amor es el sueño que nos arbitria
La danza lenta que en los límites de la ciudad
Preside las aristas de la lumbre
El destierro de lo real
Aquí está el fuego heraclitano
Donde alabado sea el verbo,
La madeja que tejieron seres de luz
Aquí está la ciudad
En la isla que montó el laberinto de los mares
Sobre nieblas inmemoriales
Las fortalezas signadas por rayos y amparos
Ese conducto el olvido
Vuélvase sobre los huesos
Dorso del trébol
El amor
Que abastece las notas que transcribo…
Del sueño el amor
El logos que lo habita
En los pórticos ilusorios
Del tiempo su ajena copa
Sumo hierofante
Por siempre piramidal e irrefutable
Donde advienen los címbalos
La exultante asepsia
El poema que arrebata al tiempo sus registros
Discurso del deseo:
Que la custodien luceros y cantatas
Ésta
Mi ciudad porfiada
A la que escribo estos versos
Pomada o responso
Para sus sucesivos y espigado sueños.

Por Simeón Arredondo
Poeta, ensayista y gestor cultural
simeonarredondo@gmail.com

       

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