Por Simeón Arredondo

La pluma  inmortal de Francisco Domínguez Charro se viste de gala con el primer centenario del natalicio de ese admirado bardo oriundo de San Pedro de Macorís. Cien años han pasado desde que el 22 de agosto del año 1910, en la postrimería de la primera década del siglo XX, Doña Francisca Emilia Charro de Domínguez, diera a luz al pequeño Francisco, reconocido hoy como el inmenso Francisco Domínguez Charro,  y quien crece más aún en la medida que se conoce y propaga su obra.

Apenas viviría 33 años, pues el 15 de septiembre del año 1943 cerraba los ojos para no ver jamás un atardecer de esos que generan todo un espectáculo en La Sultana del Este.  Pero el legado poético que dejaría constituye una joya de la bibliografía dominicana que brota solemnemente ante nuestros sentidos al arribar a los cien años de su nacimiento.

La producción literaria de Francisco Domínguez Charro no fue extensa, pero sí muy intensa. Lo suficientemente intensa para colocarse al lado de los inmortales de la poesía dominicana de todos los tiempos, aunque no por pocos haya sido olvidado.

Leer su poesía es navegar mar adentro “como un bohemio de los mares, con un fulgor de peces y metales de babor a estribor”. Es andar por los surcos de gigantescos cañaverales con la brisa fresca de cada tarde antillana  en la frente.  Es andar con pies descalzos por las calles rotas y los barrios amargados de una ciudad que a veces los ángeles miran con ojos “azules como un milagro”. Pero leer la poesía de Francisco Domínguez Charro también es hilvanar una bandera con una pulgada de hilo de cada pueblo americano, empapada de sudor de negras sienes y manos, y enhestarla en el tope de un asta preñada de libertad.

Y es que los textos de este ilustre escritor  se caracterizan por cantarle  a la libertad y al amor, y lo hace desde cada uno de esos escenarios, atrincherado, inquieto, amargado y decidido.

Para Domínguez Charro el mar y la vida marina constituyen un universo. Es por ello que se sumerge a través de bellas composiciones poéticas en el día a día de los pescadores, en los afanes de los obreros portuarios, en el rugido de los barcos y hasta se explaya en el vaivén del agua. “De la quilla al bauprés, la cuerda tensa/  de tu arpa monocorde/ tendrá notas alegres como rosa de sal; / sugeridas al borde de la olas”. Es en este contexto y bajo estas circunstancias que surge el más conocido y admirado de sus poemas, “Viejo negro del puerto”, que es un canto universal a la negritud y a la libertad.

 

Viejo negro del puerto,

retorna en el espíritu

a tu selva sagrada.

Embárcate en la leve piragua imaginaria

de tu inconsistencia mártir,

-y llora inconsolable-

que en esta noche lánguida

sólo un millón de estrellas

verán correr tus lágrimas…

 

….

 

…Inútilmente sueñas

con tu retorno al África.

 

Si pudieras tejer con tus brazos

un pedazo de jungla flotante

y dejarte arrastrar por los mares…

o tejer con clarores de luna

un velamen muy blanco y extraño

y dejarte impulsar por el aire:

-Que aventura tan Grande!-

 

Viejo negro del puerto!:

Quisiera consolarte!

Es innegable y admirable el alto contenido negroide en estos versos, al igual que en muchos otros del autor. “Ojos negros y quemados/ nacidos e imaginados/ al carbón”. Como también se destaca el canto al obrero, el reclamo por el dolor ajeno, la solidaridad. Elementos  que de alguna forma también están ligados a la negritud.

                        Las manos del destino se estremecen

volteadas en mis himnos

de plata.

 

Las tragedias humanas

Abren cauce de aceros de duda

en mis portales.

 

Y mi frente dolida ha espigado

La duda en los rosales.

 

Tendrán mis plenilunios al fin

De la jornada sangre de otros

dolores?

 

Yo no puedo dudarlo…

El Río Higuamo, el puerto de San Pedro de Macorís y el mar, están atados a la poesía de Francisco Domínguez Charro. Ese “puerto lleno de cruces y de penas, enconado de espinas y miserias para la lucha antigua del obrero”. Ese puerto “con sus barcos que parten impávidos y lentos hacia las lejanías” marcó para siempre la vida y la obra del poeta.

Pero lo mismo ocurre con el río, que en indisoluble matrimonio con el Mar Caribe alberga al evocado puerto. En el poema “Oda de ayer y siempre al Río Higuamo” parece como si el poeta se sentara en la proa de uno de aquellos barcos y estableciera un diálogo con el dueño de ese bello estuario:

 

     Saludo, compañero de infancia!

Hoy como ayer y siempre vengo lleno de

ausencia

a dialogar contigo: 

 

     Solemne rito profundo

el de tu lento llanto metálico y fecundo!

Hoy, frente a las agujas

de la tarde encendida,

hay una pena dura de siglos,

y en tus olas vencidas de crisoles

ardidos, hay un crujir terráqueo

de inconformes latidos.

En las estrofas siguientes del poema, al igual que en estas dos, se refleja una profunda tristeza por los males que torturan la mente del poeta  por las injusticias evidenciadas en el muelle, en las factorías, en los campos de caña, y por aquellas que de antaño cargan en sus espaldas los obreros en diferentes latitudes del planeta, pero muy especialmente aquellos negros que movían con su fuerza todo el negocio de la industria azucarera, y a quienes sólo les quedaba de aquella pujante industria el enervado sudor que caía a sus pies.

Así mismo Francisco Domínguez Charro clama con su pluma en contra de  la crueldad y las condiciones casi inhumanas en que se desarrollaba la vida en los barracones y en los barrios de su provincia y de su ciudad. “Es la caricia menuda,/  resignada lluvia final/  que nace en la paciencia florecida,/ de hombres que están uncidos de palancas”. Estos versos retratan de cuerpo entero la miseria y la manipulación presentes en la vida de los obreros de la época, así como la de los de antaño y la de los de hoy, y son reforzados de manera activa por estos:

                       El sol le llega al barrio afiliado y caliente

de flechas luminosas,

y el hambre lo saluda

con una mueca grande.

 

Reciénpasada noche desoladora,

de oxidada carencia!

Reciénpasada noche…

Otro tema abordado por Domínguez Charro con mucha responsabilidad y belleza poética es el concerniente a la universalización de América reflejado en el libro América en Genitura Épica. (1943); “…quiero mi corazón hecho fuente/ de sol, / volcado hacia la tierra/ de la Visión- Americana”. Notablemente influenciado por la posición del postumita Domingo Moreno Jiménez, de quien también recibió fuertes influencias para su producción literaria en general (sobre todo en lo que respecta al verso libre), el bardo petromacorísano asume una actitud de vocería para la expansión de las ideas de América al resto del planeta.

En principio es como si hiciera suyo el pensamiento de Eugenio María de Hostos de crear una gran alianza entre las Antillas mayores, pero en este caso con todo el continente americano donde florezcan de manera uniforme los pensamientos de los habitantes de todos los pueblos del continente  para luego “enfilar hacia otra fe de nuevas latitudes!...”

 

Y crecerán más altos

los peldaños-caminos

y los cánticos

del ideal nativo,

continentalizado.

 Entonces con un pensamiento americano unificado esparcirlo por toda la tierra, y convertirlo en una fuerza con marcadas notaciones “de maciza unidad libertadora!”

 

Partir a conquistarle,

Una nueva distancia a

la América-Orbe.

….

Y nazcan nuevas banderas

de americanidad!

y nuevas proas,

nuevas y amplias - como las olas!

….

Proseguir! Forjadas de la

América-sol!

Y oh! caracol de caminante,

reivindicador!

Pero a pesar de la cruda realidad reflejada en los versos de Francisco Domínguez Charro, en ellos siempre están presentes el optimismo y la esperanza. “No importa que sea simple/ nuestra cabalgadura!/ seguimos!...” Lo mismo que la ternura, el amor y la sensibilidad humana, que son de las cosas que caracterizaban al connotado escritor. “Oye, sol de mi infancia, / dónde estás escondido? ” “Yo que no he visto nunca los trigales/ presentí el ámbar tibio de tu pecho…” “Oh! Pureza infinita de la humanidad!” “Mariposa de mi alma, / quisiera acompañarte en tu gran vuelo”.

De modo que, al abordar a estos cien años de Francisco Domínguez Charro, propicia es la ocasión para revisar su ideario y enaltecer la obra de un poeta cuyo norte es la libertad, que escribe un libro “en nombre del principio de la libertad” y lo dedica “al trabajo digno y útil”. Se trata de un escritor que piensa “que el hombre adulto de emoción y espiritualidad debe cantar sus propias canciones, espontáneamente y cuando él quiera”. Loor al bardo Francisco Domínguez Charro en el centenario de su nacimiento.

El autor es Poeta, ensayista y gestor cultural
simeonarredondo@gmail.com

 

       

Bookmark and Share

 
 Más de Icono Cultural
     Diarionoticia.com.do

Calle Mosquito y Sol #19, Urb. Miramar, San Pedro de Macoris. R.D.   

Tel.: (829)-340-9009, . Email: dn@Diarionoticia.com.do

 

  
 

 

     Envío de notas:    dn@Diarionoticia.com.do
          Director:    
director@Diarionoticia.com.do
      Publicidad:    
venta@Diarionoticia.com.do